Después de los aplausos

Hoy volví a salir al balcón, volví a ver a mis vecinos y volví a aplaudir en apoyo a nuestros sanitarios, policía, trabajadores del supermercado, agricultores y estoy seguro de que por muchos más que se lo merecen. Personalmente, este momento me gusta. Pero no es que me guste por mostrar ese apoyo del que hablo, que también, me gusta por lo que viene después. Después de los aplausos y sirenas, y quitando alguna canción que suena de fondo, llega el silencio. Un silencio que te deja a solas con tus pensamientos más profundos.

Allí, mientras la brisa me mecía un flequillo no peinado, miraba a todos mis vecinos. Allí podía ver a la mujer que todas las noches enciende una vela en la ventana porque quizás haya perdido a alguien; al abuelo solitario que siempre sale con el flash del móvil encendido; a los dos niños que juegan en su balcón y que probablemente no saben de qué va todo esto; al matrimonio del segundo que supongo, por sus edades, que sus hijos ya se hicieron mayores y viven fuera; y a muchos otros más vecinos, cada uno con su historia.

Pero hoy, hoy me he quedado pensando sobre el otro matrimonio que vive con su hijo pequeño. Estaba el pequeño jugando al fútbol con su madre, intentando pasarle el balón entre las piernas mientras el padre permanecía sentado en una silla con la mirada perdida. Pensando y ajeno a lo que los dos miembros de su familia hacían. ¿Qué estaría pensando? Estaría preocupado por lo que podría pasar en su trabajo o si pudiera perder su trabajo. Podría estar pensando en sus padres, que todo les vaya bien y que puedan mantenerse seguros en su casa. Podría estar simplemente pensando en qué hay de cena o podría estar pensando en qué estaría pensando el chico de enfrente con la mirada perdida. ¿Quién sabe?

En una patada que el pequeño dio al balón, éste le golpeó en la pierna al padre, sin mucha fuerza, no se asusten, pero en ese momento el padre perdió la atención de aquello a lo que estaba dándole vueltas en su mente y miró a su mujer y a su hijo. Los dos seguían jugando con la pelota, pero al verlos el padre no pudo evitar sacar una sonrisa. No una sonrisa cualquiera, una sonrisa verdadera, de las que no se ven todos los días, una sonrisa de completa felicidad. No pudo evitarlo, el mundo se caía a su alrededor y él sonreía. Sonreía porque tenía aquello que más quería y más amaba a su lado.

Aquella sonrisa me demostró que hay que valorar lo que es realmente importante en nuestra vida. Que, aunque el mundo se desmorone, nos tenemos a nosotros mismos, a nuestra mujer o marido, a nuestros hijos, a nuestros padres. Unos tendrán también a sus amigos, o incluso a sus mascotas. Quizás otros lleguen a tenerlos a todos, y quizás otros no tengan a nadie… Pero todos tenemos algo en nuestras vidas capaz de sacar esa sonrisa de la que hablaba. Ese algo puede ser una persona, varias, o puede manifestarse de otra manera.

Debemos encontrar ese algo y no hay mejor momento para ello que en cualquier momento. Solo me gustaría que aprovecharas esta oportunidad que el mundo te brinda para asomarte a tu balcón o a la ventana, esperar a escuchar el silencio. Justo en ese momento te podrás quedar a solas con tus pensamientos, reflexionar con uno mismo y poder encontrar así aquello que saca tu sonrisa más verdadera.

Manuel Cordero Ojeda

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